E   L       A   B   O   G   A   D   O       Y       E   L       M   A   R

 

José Ortega © 2007

 

 

 

LA CIUDAD CONDENADA

O

EL EXTRAÑO CASO LABARGA

 

 

 

  EL CORREDOR DE LA MUERTE

 

El entorno era soberbio. Diecinueve torres junto al mar, en total ochocientos apartamentos, algo así como dos o tres mil habitantes. En los bajos, comercios y restaurantes. Toda una pequeña ciudad en una estrecha cinta paralela a la playa. Toda una ciudad en una estrecha cinta paralela a la playa. Toda una ciudad cuyo destino era ser dinamitada,  echada al suelo y desaparecer. La decisión está firmemente tomada por la Dirección General de Costas, ratificada por la Audiencia Nacional y confirmada por el Tribunal Supremo.

  Estos edificios, que están ya en el corredor de la muerte, esos hogares condenados, esa ciudad destinada a ser borrada de la memoria,  es la que me pidieron que salvara. Ya no quedaba un solo trámite que hacer, ni  un recurso que interponer, excepto el de amparo, sobre el que apenas había esperanzas. La sentencia estaba dictada, y, por así decir,  las máquinas calentaban motores, los artificieros preparaban la dinamita y todo había terminado. No había nada que hacer. Ochocientas familias que habían comprado con esfuerzo y paciencia sus viviendas de veraneo, iban a quedarse sin ellas.

 Y sin embargo los habitantes de la ciudad condenada se negaban a rendirla. En un pasaje de la  adaptación cinematográfica de El Señor de los Anillos vemos una ciudad de los hombres,  acosada por un ejército de criaturas de la tierra, negras y crueles, de dientes afilados y ojos inyectados en sangre. Solo un puñado de hombres tras los muros de la ciudad asustada, y un niño, que también ha preparado su espada,  se lamenta a uno de los defensores: Todos dicen que no tenemos esperanza. El defensor guarda silencio mientras examina con atención la espada del niño y, después de una pausa reflexiva, concluye con una frase simple, pero rotunda: siempre hay esperanza.

Este tipo de metáforas encierra el peligro de llevar el debate a un extremo irreal, y así  considerar a la Administración tan corrompida en sus designios como el ejército de los orcos, y a los vecinos como espejos de florida virtud. Es evidente que no es así, pero con el paso del tiempo, al comprobar la incapacidad de la Dirección General de Costas para concebir cosas como los derechos individuales, y a sabiendas del exceso, he llegado a representarme la defensa de los vecinos como la lucha entre un ejército de hombres de carne y sangre contra otro formado por especie de robots, metálicos e  insensibles, con circuitos eléctricos en vez de alma, fórmulas matemáticas en lugar de lenguaje y runruneo mecánico en lugar de pensamiento.  Y el caso de la ciudad condenada no era precisamente el peor.

Siempre hay esperanza. Los defensores de la ciudad lo creían así, sobre todo por necesidad. Para ellos había sido decepcionante perder  pleito tras pleito y ver cómo se iban al diablo unas viviendas que se habían construido con escrupuloso respeto a todas las normas, y que les habían costado un buen dinero y no pocos sacrificios. Primero se enfrentaron a la perplejidad de que algo así pudiera pasar, y que les pasara a ellos. Después a la evidencia de que los recursos prácticamente se habían acabado, y por tanto al abismo.

Siempre hay esperanza. Bajo esa consigna, dejando al margen al gran bufete de Madrid que había llevado el asunto, buscaron una solución  extraordinaria.
  Visitaron en primer lugar un  despacho de gran prestigio, cuyo  primer espada era un profesional reconocido. No hubo suerte. Les dijo que no podía hacer nada, que había sentencia del Tribunal Supremo de por medio y que el caso era como el de un enfermo de cáncer, al que se puede prolongar y hacer algo más plácida la agonía, pero no librarlo del desenlace fatal.

 Aún y así, los defensores de la ciudad aún no estaban convencidos. La fuerza de la desesperación, ese coraje rebelde de los desahuciados, que a veces aflora incluso en personas sin temple cuando se ven acosadas, los impulsaba a no  resignarse, a seguir buscando. La imagen de los edificios viniéndose al suelo por efecto de los barrenos era demasiado intolerable. Demasiado inconcebible. En cierto sentido, era una imagen irreal, como escapada del cómic, o del cine. Algo procedente de una especie de universo paralelo, a la que no se podía permitir entrar en el universo real.

 

 

  PRIMER ENCUENTRO

 

Yo acababa de conseguir una importante sentencia del Tribunal Supremo confirmando la anulación del deslinde de la playa de Otur, y había publicado en prensa un artículo llamado Costas Marítimas: la victoria de los ciudadanos. El artículo llegó a las manos de los responsables de la asociada de vecinos, que eran como el puñado de defensores de la ciudad condenada, y me llamaron.

 Estoy acostumbrado a los asuntos difíciles, les dije. Si fuera médico, podría decir que los enfermos que me traen son todos moribundos. Pero en esta ocasión la imagen se quedaba corta. El enfermo que me traían no era ya un moribundo, sino un  moribundo que se acaba de lanzar de un avión sin paracaídas y además se ha tomado una cucharada de cianuro.

Aún así no dudé, ni di el asunto por perdido antes de saber más. Aunque el Tribunal Supremo hubiera dicho no, alguien, en alguna fase del expediente, podía haber cometido un error. De hecho, los jueces dictan sus sentencias en función de las demandas que les son presentadas, por lo que sus decisiones sobre el deslinde de Arenales del Sol no significaban que el deslinde fuera perfecto, sino que las demandas podrían haber sido desacertadas y no haber denunciado algún vicio de procedimiento. Y nada más. Así que sentía curiosidad por saber si podía  conseguir que la enfermedad de aquel moribundo que me habían traído remitiera, se abriera el paracaídas y el enfermo vomitara el veneno. 

  Me reuní con mis nuevos clientes un día de octubre de 2005,  en un restaurante de la propia ciudad condenada. Pero, como suelo hacer, antes había procurado informarme. Leí y estudié las numerosas  sentencias dictadas sobre el caso, no solo las originadas por reclamaciones de la asociación de vecinos, sino también a demanda de otros propietarios que habían formulado recursos por su cuenta, y del Ayuntamiento de Elche, en cuyo término estaba (y continúa estando en el momento en que escribo) la ciudad condenada. En estas sentencias comprobé hasta qué  extremo la empresa era difícil, pues todas y cada una de ellas coincidían en una declaración de hechos probados que era como el gancho de un campeón del mundo del peso pesado en la mandíbula de un oponente flacucho: Los edificios se habían construido sobre la arena de la playa. Una y otra vez se repetía este dato que hacía ya imposible toda rebeldía.  Para hacerlo aún peor, algunas defensas fueron poco afortunadas, algo con lo que acostumbro a encontrarme. En varios casos se había reconocido el hecho de que las viviendas se habían construido sobre la playa. Una de las demandas había propuesto esa estrategia tan demencial como es reconocer que las viviendas estaban encima de la arena, y  pretender sacar algo denunciando que también lo estaban los terrenos situados más al interior, que sin embargo habían escapado a la calificación de dominio público. Es un tipo de defensa errática, con la cual no se sabe qué se quiere conseguir. Se trata de una fórmula envenenada, a la que podríamos llamar la fórmula del sí pero. Sí, es cierto que hay arena,  pero también la hay en otras partes que no están dentro de la delimitación. Sí, es cierto que llegan los temporales, pero también llegan a la casa de mi vecino, que se ha  quedado fuera de la delimitación. Sí, es cierto que las olas me entra en casa, pero es porque usted no ha regenerado la costa,  porque un puerto causa regresión marina, porque la desaparición de los algares perjudica el equilibrio de la playa. Los abogados, atónitos ante los amplísimos poderes que la ley da a la Administración para situar la ribera del mar, acuden a diario a estas  fórmulas, que son todas ellas fracaso seguro, no porque sean ineficaces, que lo son, sino especialmente porque implican un reconocimiento de hechos que releva a la Administración, muy gentilmente, de todo esfuerzo probatorio. Decir sí pero implica decir sí. Y desde que lo  hacemos estamos comprometidos, o, mejor, perdidos. Después del sí, los peros no importan. Los peros a la derecha son, por así decir, como ceros a la izquierda.

  Lo peor es que estas fórmulas no se limitan a que abogado y cliente  pierdan el pleito, sino que, al afectar el deslinde a un colectivo, perjudican gravemente a otros abogados y otros vecinos. De nada servirá que el Abogado A se esmere en poner en duda las pruebas aportadas por la Administración (eso es lo que hacen los abogados) si el Abogado B se le ha adelantado con ese regalo navideño que es la fórmula del sí pero. 

 En fin, que las defensas descaminadas habían sido más letales para los vecinos que el más torvo jefe de costas rumiando en la penumbra el modo de amargarles la vida.

  Por tanto, todo lo que leí en aquellas sentencias parecía cerrarme las puertas sin una grieta sin un resquicio por el que colar una defensa de última hora. Pero, junto a ello, también hubo algo  que me llamó la atención, algo que desde el primer momento me pareció raro y que ni me encajaba ni me convencía. Algo que ya desde entonces me había resuelto a investigar.

  El presidente de la asociación de vecinos era un hombre joven, metido en el mundo, profesor de Macroeconomía en la Universidad de Alicante, aficionado a la buena conversación y abrumado por una fuerte perplejidad intelectual ante el devenir de los acontecimientos en Arenales del Sol. El tesorero, un banquero prejubilado, serio, taciturno, delgado y con ese aspecto inofensivo y confiable de los buenos empleados de banca. Más tarde conocería al secretario,  joven  y vital empresario con excelente humor, inmejorable cordialidad y un carácter emprendedor de buen comerciante. Otro miembro de la junta directiva, era un empresario entrado en años con aspecto de buen hombre mediterráneo.

 El presidente anterior había fallecido a causa de un infarto, y todos estaban convencidos de que la amarga lucha por las viviendas había tenido mucho que ver.  Los defensores de la ciudad condenada estaban experimentando su desventura como un drama muy vivido y muy sufrido por dentro.

Me enteré de que en la asociación había dos pareceres. Unos querían buscar una solución donde fuera, incluso con un francotirador como yo, mientras que otros deseaban permanecer fieles al mismo bufete que había estado llevando el asunto. La junta directiva estaba en el primer grupo, pero necesitaba argumentos bien fundados para entregarle a un desconocido el asunto que hasta entonces llevaba un despacho de renombre. Hay perros con pedigrí, que frecuentan la peluquería canina y perros callejeros, despeinados, de raza dudosa y sin historial edificante. Si en vez de ser personas fuéramos perros, los catedráticos y abogados que habían intervenido en el asunto tendrían pedigrí certificado, y yo, aunque no tengo pulgas, sería el chucho de la calle. Difícil, por tanto, triunfar donde otros mucho mejores habían fracasado.

 

 

  EL DRAMA DE LOS ARENALES DEL SOL

 

Durante la comida me enteré de la dramática historia de Arenales del Sol. En los años setenta los propietarios de los terrenos, pensando en construir, pidieron un deslinde de la zona marítimo terrestre, que se resolvió en 1974. A partir de ese momento, y con todas las bendiciones legales, construyeron el complejo residencial más allá de la línea de deslinde, en terrenos cuyo carácter privado era ya incuestionable. De hecho, algunos pidieron a la jefatura de costas autorización para construir, y obtuvieron la lógica respuesta de que no había nada que autorizar, pues los terrenos habían quedado fuera del terreno público.

 Sin embargo, el deslinde tramitado con posterioridad, después de la ley de costas de 1988, había declarado dominio público toda la zona ocupada por los edificios, y ello con carácter retroactivo, aludiendo al carácter que habían tenido los terrenos no en el momento de tramitar el deslinde, sino  veinte años atrás, antes de la aprobación del anterior. Tuvo que acudirse a esta extraña fórmula de retroactividad, puesto que era evidente que los terrenos, en el momento del segundo deslinde, ya no eran una playa, sino una ciudad. Yo ya conocía algunos casos de zonas declaradas dominio  público en deslindes antiguos, que posteriormente se habían ido colonizando, hasta dar lugar a esos fastidiosos divorcios entre el Derecho y la realidad: una ciudad que es una playa, o viceversa. Pero era la primera vez que me enfrentaba a la situación contraria: una ciudad levantada en terrenos que no son dominio público y que se declaran como tal después de acabada la obra. Nuevo divorcio entre la realidad y el derecho, pero bastante más grave. Y más raro.

  Los abogados que habían llevado el asunto habían perdido todos los pleitos, quizá víctimas de una confianza más que entendible en la doctrina judicial imperante hasta aquel momento, y puede que de forma muy marcada, en la doctrina judicial de la sentencia que yo mismo  obtuve en el deslinde de Oliva (tramo sur), lo que es más que probable, ya que son escasísimas las sentencias que en España han anulado un  deslinde de la ley de costas de 1988, y por tanto los precedentes en los que basar una defensa.

  Mi sentencia de Oliva reprochaba a la Administración haber puesto mojones encima de una acera, y haber incluido dentro del dominio público un camino asfaltado. Con esto, los jueces estaban diciendo que los terrenos así configurados han perdido ya su primitivo carácter de zona marítimo terrestre o playa. Es decir: una acera no es una playa, y tampoco lo es una carretera.

 Poco después, en las sentencias de Arenales del Sol, los mismos jueces habían decidido lo contrario hasta el extremo de declarar dominio público terrenos constituidos no ya por una simple acera, sino por toda una ciudad. El Tribunal Supremo tiene dicho que los cambios de criterio de los jueces, mientras sean unánimes y den curso a una corriente interpretativa clara,  no atentan contra la seguridad jurídica ni contra ningún otro derecho, así que era preciso aceptar la nueva situación. Pero desde luego, esto puede explicar que los abogados que me precedieron  se convencieran de que iban a ganar el caso. A mí me hubiera pasado igual de haber recibido el encargo de defender lo que ya era una ciudad. Habría comparecido en la Audiencia Nacional más o menos confiado, con mi sentencia de Oliva como arma principal, y me habría llevado un bofetón histórico.

  Pero el carácter retroactivo del deslinde no era porque sí. Se basaba en una cuestión de hecho que era justamente aquella que desde el principio me había parecido rara: Que el deslinde anterior era incompleto, porque había deslindado solo la zona marítimo  terrestre y no la playa, y eso justificaba que el  nuevo entrase a delimitar ésta última, e incluyera así las viviendas, que pretendidamente se habían construido sobre la arena. Por tanto, el deslinde reciente, de 1997, justificaba su agresiva (y retroactiva) entrada en la propiedad privada como especie de subsanación de defectos y deficiencias del anterior. El mismo extraño argumento lo repetían todas y cada una de las sentencias, y todo eso no me convencía. Yo había trabajado en la Administración y fuera de ella con deslindes de la ley antigua, y no solían ser  defectuosos ni olvidar la playa. En la ley de costas de 1.969 las playas ya estaban consideradas dominio público, lo mismo que la zona marítimo terrestre, así que simplemente no podía imaginarme un deslinde que hubiera olvidado delimitar la playa, como si sus responsables se hubieran vuelto tontos de repente.

  Durante la comida tuve ocasión de escuchar una teoría sobre el origen del problema: La teoría de la conspiración. La explicó extensísimamente cierta persona (que era su autor y al mismo tiempo el único que creía en ella), y versaba sobre chantajes, alta política, grandes negocios frustrados y una venganza personal. Observé que el conferenciante tendía a divagar y a construir mundos virtuales con tan poca consistencia como esas frágiles pompas de jabón de las que hablaba Machado. Y sobre todo estaba convencidísimo de lo que decía. Era el típico afectado obsesionado que trae consigo una carpeta llena de documentos históricos, la mayoría de ellos inútiles, y que analiza la realidad con cierto desenfoque. Al cabo de un rato me di cuenta de que estaba perorando. No era así como Arenales del Sol iba a salvarse. Puede que aquel caso necesitara una labor de detective, pero no precisamente en el estilo de videojuego que sugería el autor de la teoría de la conspiración, con un paisaje de alta investigación propia del agente 007, incluyendo alguna chica Bond (a la que, en cierto modo, también aludió el interesado). El caso requería a Hércules Poirot, o acaso al comisario Brunetti.

 Por lo demás, recibí muchas preguntas, y la  principal era si yo pensaba que el caso tenía defensa. Advertí que las reiterativas y unánimes declaraciones de hechos probados de los tribunales nos condicionaban terriblemente, porque impedían que pudiera revisarse o replantearse la principal cuestión de hecho, es decir, si las viviendas habían sido construidas o no sobre la arena. La única forma de atacar el deslinde era buscar un error grave que afectase al procedimiento administrativo, algo que yo sabía que no era imposible, más bien al contrario, si debía juzgar por mi experiencia. Y para eso tenía que estudiar el expediente, solo entonces estaría en condiciones de dar una opinión.  Así que, conspiraciones aparte, todo dependía de lo que yo fuera capaz de encontrar en los legajos.

 

 

  EL ALMA DEL GIGANTE

 

 Sin embargo, el día en que viajé a Alicante a ese fin,  mi objetivo principal no era la carpeta que contenía el deslinde en cuestión, sino otra distinta, justamente la del deslinde anterior, al que con tanta unanimidad se acusaba de defectuoso. Como en otras ocasiones, en lugar de enfrentarme directamente al gigante, iba busca de su alma, que estaba fuera de él, oculta en algún rincón que yo debía encontrar. Es lo que hizo Odiseo al verse atrapado en una cueva con un cíclope de tres metros, caníbal y muerto de hambre: No plantarle cara, sino buscar un rodeo para sobrevivir.

  El motivo por el que quería ver el expediente anterior era simple:  quería comprobar si era cierto que se había tramitado de forma tan incompleta como se decía, y que, efectivamente, los responsables hubieran sufrido trastorno mental transitorio hasta el extremo de haberse olvidado de la playa.  Y allí estaba, en la Jefatura de Costas de Alicante, sentado, expectante en mi demanda de lo imposible, en mi búsqueda de la llave que me permitiera salvar contra pronóstico la ciudad condenada. Y para eso debía ser ante todo un detective eficiente, y triunfar donde los mejores expertos del país habían fracasado, aspiración por lo demás presuntuosa, pero qué le vamos a hacer. No le tenía miedo a nada.

Cuando estaba en la facultad no esperaba llegar a vivir aquellas sensaciones. El Derecho siempre me había parecido una lata, algo así como un conflicto permanente, un paquete de cosas anodino y de color gris, sin el menor interés. En mi aburrido aprendizaje había debido reclamar judicialmente el pago de cheques y romperme la cabeza con las abstracciones de la letra de cambio y las sutilezas de la acción cambiaria.  Y no solo encontraba que una vida dedicada a eso era una plasta, sino que temía que iba a ser así para siempre.

  Y sin embargo aquel día de otoño estaba mirando aquella carpeta gastada, de color caramelo con la curiosidad de un científico al borde de un nuevo descubrimiento, la  excitación de un cazador que tiene a tiro a su presa y la pasión de un pirata ante el mapa de un tesoro. Estaba dispuesto a rastrear cada punto y cada coma, con esa curiosidad fatal que condujo al primate hasta el homo sapiens, en manos del pensamiento. En algún rincón más o menos remoto de aquella carpeta debía estar el alma del gigante. Así que me preparé para una larga búsqueda.

 La abrí, leí el primer párrafo de la primera página. Estaba allí. El secreto, la gran solución, la fórmula. Tan simple y tan a la vista. Nada de buscar fatigosamente durante horas, nada de interpretar datos dudosos ni de darle vueltas y vueltas a páginas apergaminadas. Fue como prepararse para la pelea con un contrincante que de pronto se da a la fuga, como ganar una batalla sin disparar un solo tiro. La Orden Ministerial aprobatoria del deslinde de 1974, ése al que se tachaba de incompleto por haber olvidado la playa, decía con una claridad meridiana que el deslinde era de la zona marítimo terrestre y de las playas. Sin más. El deslinde anterior no era incompleto, sino completo, y por tanto la Orden Ministerial aprobatoria del deslinde de 1.997, que condenaba a Arenales del Sol, se apoyaba en  una gran mentira, y la Administración no solo había engañado a los vecinos, sino también a los jueces, haciéndoles creer que aquel deslinde de 1.974 delimitaba solo la zona marítimo terrestre, y los había hecho caer en el ridículo al fundamentar sus sentencias en hechos completamente falsos. Realmente las proporciones del engaño eran monumentales, pero lo que más me maravilló fue haber encontrado lo que podía ser la solución del enrevesado problema de una forma tan rápida. Los vecinos llevaban más de diez años defendiéndose y formulando recursos, pero no habían revisado aquel  expediente porque se fiaban  de la buena fe de la Administración, sin sospechar que ésta les estaba mintiendo en escritos con sello y membrete oficial. Y yo, en cambio,  había tardado como diez segundos, el tiempo preciso para darle la vuelta a la cubierta y leer el primer párrafo del primer documento, como si todo el tiempo aquella declaración hubiera estado allí, clara y contundente, impaciente por que alguien la descubriera.

 Todo lo que leí  a continuación no fue más que una confirmación de lo anterior. El expediente antiguo no solo deslindaba la playa, sino que era un procedimiento modélico, en el que se amojonó la zona marítimo terrestre con mojones que tenían escrita la expresión MT, y la playa con otros mojones que estaban identificados con una letra P. Lo nunca visto en precisión y profesionalidad. Era el deslinde de la ley de 1969 mejor hecho con el que me había encontrado nunca.  Apenas podía entender qué especie de locura era la que había llevado al Director General de Costas a  la extraña afirmación de que era incompleto, y de que había olvidado delimitar la playa. Pero así era, todo un complejo montaje, con unas consecuencias dramáticas, basado en algo que no era cierto.

 Tenía, pues, lo que necesitaba. Pero entonces dejé a un lado aquella especie de Santo Grial en que se había convertido el procedimiento de 1974, y puse delante de mí la carpeta que contenía el más reciente. Nada de triunfalismos, nada de exceso de confianza, y nada de enfermar de teoría. Lo que había encontrado podía estar bien para dar una conferencia o escribir un artículo, y en cambio ser insuficiente para ganar un pleito. Como estaba en el duro mundo real, y todo lo que argumentara debía ser aceptado por los jueces, sabía que lo importante no era presentar una fórmula ingeniosa, sino ganar el asunto. No me bastaba con dar, como perrito juguetón, dos o tres empellones al contrario y dejarlo atontado: necesitaba acabar con él siguiendo la consigna de Robert de Niro en El Cazador : Un solo disparo.

 

 

  EL MISTERIO DE LABARGA TEJADA

 

  Por eso abrí el otro expediente, el reciente,  para buscar nuevas causas de nulidad. Y las encontré. O más bien encontré datos cuya interpretación fui madurando en los días que siguieron, hasta convencerme de que podían ser fórmulas de impugnación. El procedimiento  era muy antiguo y se había tramitado durante muchos años.  En ese tiempo había sido sustituida la ley de procedimiento administrativo por otra nueva, y también las leyes y reglamentos de costas. Los responsables de la tramitación, por pura mecánica, y creo que de forma inconsciente, habían venido adoptando las nuevas normas de procedimiento, de forma que el expediente se había seguido en una fase según unos preceptos  y en otra fase según otros distintos. Esto está prohibido por el ordenamiento jurídico, y en teoría ahí tenía un nuevo triunfo, pero de nuevo la diferencia entre teoría y práctica: Cierto que está prohibido, pero cierto también que la simple vulneración de la  prohibición, sin más, no conduce a nada. Para que se anulen las actuaciones es preciso que el empleo de la norma de procedimiento incorrecta haya producido distorsiones concretas con consecuencias prácticas   Y esas consecuencias y distorsiones efectivamente se daban. Por tanto, no solamente había encontrado el motivo de nulidad en el que desde el principio había estado pensando (el relativo al deslinde anterior), sino dos motivos más.

  Hojeando el expediente también me enteré de ciertos detalles que hacían de aquel deslinde un caso único. La propuesta inicial  se limitaba a ratificar el anterior de 1974, y por tanto discurría mansamente al pie de los edificios. Sin conflictos y sin aventuras. Su autor era el jefe de Costas de Alicante, el Sr. Paton. Así que en el inicio todo estaba destinado a  desarrollarse sin problemas, respetando los edificios y naturalmente sin oposición y sin ningún tipo de conflicto social. Todos estaban contentos, la Administración y los vecinos. Pero se produjo un incidente inesperado que no solo iba a dar al traste con aquel idilio, sino que también iba a transformar el caso de Arenales en uno de los más conflictivos de la historia, e incluso a dar fundados motivos para que los Tribunales dieran lugar a aquel brusco giro en la interpretación de la ley de costas. Por tanto, un incidente que no se limitó a transformar la vida de los vecinos en un infierno, sino que tuvo el dudoso mérito de arruinar la de muchas otras familias, en otros momentos y en otras playas.

  La ley de costas de 1969 establecía una comisión de deslinde,  formada por todos los ministerios y organismos afectados junto al jefe de costas. Todos ellos debían aprobar  la propuesta de deslinde más o menos de común acuerdo.  De esa comisión debían formar parte el Ayuntamiento, el Ministerio de Defensa, el competente sobre la navegación marítima y sobre el turismo. El día del reconocimiento sobre el terreno, al que debían asistir los representantes de todos aquellos organismos, se presentó en el lugar un ingeniero que decía representar al Ministerio de Obras Públicas, pero que no pertenecía a la Demarcación de Costas. Se llamaba Labarga Tejada, y se le admitió en la comisión sin aparente problema, lo que ya es raro. Pero Labarga Tejada tenía preparada una sorpresa. El confiado ingeniero jefe  Paton había elaborado la propuesta inocua que he mencionado arriba,  con una línea que ratificaba la anterior, y por tanto respetaba las viviendas, pero Labarga soltó la bomba. Tomó la palabra y expresó su parecer de que en tiempos anteriores la zona de materiales sueltos, es decir, la playa, se prolongaba hacia el interior, donde en aquel momento estaban las viviendas. He trabajado en muchos deslindes de costas y nunca había visto nada igual. Los miembros de la comisión pueden hacer  observaciones, pero simplemente no osan oponerse a la propuesta de deslinde elaborada por la Demarcación de Costas. Pero allí estaba, un señor que ni siquiera formaba parte de la comisión desafiando la propuesta oficial.

Creo que la  cosa no habría pasado de mera anécdota de no ser porque la  observación de Labarga Tejada iba mucho más lejos de un simple  comentario para el debate. Su actitud obedecía a una decisión firme y a un plan bien definido: el de impedir que se aprobase la propuesta del ingeniero jefe y trasladar la línea al interior. Y lo creo así porque al día siguiente el Sr. Labarga entregó al jefe de costas un plano con la delimitación alternativa que él proponía, que, en efecto, englobaba la totalidad de las viviendas en el DPMT, poniendo de esta manera la semilla del gran conflicto jurídico y social en que se ha convertido el deslinde de Arenales del Sol.

 

(continuará)                                       anuncios de coches
 

 

 

 

 

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