DEFENSA CONTRA

 DEPURADORAS CERCANAS

 

 

Presentación audiovisual

3 minutos 7 seg.

2,8 megas

 

José Ortega con los vecinos de Pinedo

 

  En cuestiones medioambientales conviene no dejarse llevar por la primera impresión, y así sucede con la defensa administrativa contra las depuradoras. Las depuradoras son sin duda un bien público, pero no se puede permitir que se instalen ni a cualquier precio ni de cualquier forma ni en cualquier lugar. En particular, e intolerable que se planifique, como sucedió en Alcalá de Chivert, una depuradora junto a un núcleo de población.

 

Así sucedió en el poblado de Alcocebre. Al parecer, el desarrollo (o desarrollismo) turístico del municipio consiste en construir sin medida, y precisamente junto al mar. Sin medida y sin estructuras de saneamiento, de forma que la estación depuradora se convirtió en una exigencia urgente porque las aguas de baño comenzaron a tomar un color sospechoso y un aroma poco apetecible. 

 

Comencé a trabajar para algunos vecinos en colaboración con un buen ingeniero, profesor del Instituto Politécnico de Valencia, que intervino muy eficazmente como perito, y en poco tiempo conseguimos el objetivo de que se abandonara el proyecto y se buscara una ubicación alternativa.

 

Aprendí muchas cosas instructivas con aquel caso. Por ejemplo, el Ayuntamiento pretendió ignorar las alegaciones declarando nada menos que las viviendas que se verían afectadas por la depuradora no estaban en suelo calificado como suelo urbano.

 

Como consecuencia de este caso me consultaron el grave problema de las viviendas de Pinedo, situadas junto a la gran depuradora de aguas residuales de Valencia. Cuando entré en una de las viviendas afectadas me convencí de que estaba mucho más cerca del infierno de lo que había estado nunca. La casa, habitada por una pareja de ancianos, tenía todas las juntas de las ventanas selladas con papel de periódico, para que no se colara por las rendijas el hedor de los descomunales tanques rebosantes de excrementos líquidos que esta familia tenía a menos de diez metros. Aún así el olor penetraba en la vivienda, incluso cuando el viento soplaba de levante, es decir, desde la casa hacia los tanques. Pero le peor estaba en la cocina. Hay un colector que pasa bajo la casa, y a veces rebosa. Todos los huecos del fregadero estaban también sellados con papel y plásticos, para evitar no solo los olores, sino también la entrada de parte del contenido del colector. El señor me destapó uno de los huecos y lo que pude ver me dio una imagen de las inhumanas condiciones en que viven estas personas: el hueco presentaba un florecimiento parecido al verdín en los rincones húmedos. Pero no era verdín, ni olía como verdín. Eran excrementos semilíquidos.

 

El problema no es solo de comodidad o habitabilidad, sino de salud. La esposa estaba quejada de una extraña enfermedad, seguramente debida a la continua inhalación de gases tóxicos. Pregunté si los vecinos no se ponían enfermos, y me contestaron que hay muchos que han muerto de cáncer.

 

La depuradora estaba al principio moderadamente lejos, pero las sucesivas ampliaciones han colocado los enormes tanques a escasos metros de estas viviendas, y, francamente, lo que he visto no me enorgullece de pertenecer al género humano. En especial al mismo género humano que los responsables, municipales y autonómicos, de que aquella y muchas otras familias deban vivir en el infierno simplemente porque a ellos los duele el dedo pulgar de tanto inaugurar palacios vanguardistas, y carecen de la humanidad suficiente para reparar en los débiles e indefensos.

 

 

 

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