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E L
A B O
G A D
O Y E
L M A R © José Ortega, 2007 UNA
DEL OESTE (MUESTRA DEL CAPÍTULO)
…El alcalde y su equipo
habían acabado completamente corridos. Ellos ofrecían a los vecinos los
servicios de su abogado con carácter gratuito, y pensaban que la oferta sería
irresistible. No entendían que la gente prefiriese pagar los servicios de un
letrado, cuando podían disponer de otro sin desembolsar un solo euro. Y debió
parecerle muy humillante todo esto si tenemos en cuenta que la decisión que
tomó a continuación, bien el propio alcalde o bien algún asesor despabilado, fue
nada menos que investigar a aquel abogado que, aunque fuera de modo
involuntario, lo había dejado en ridículo. Y como lo único que tenían a
disposición era mi página web, algunos funcionarios
públicos, pagados por los contribuyentes, fueron transitoriamente destinados
a estudiarla para ver si allí encontraban algo que echarse a la boca, es
decir, algo que reprocharme, algo de lo que yo tuviera que avergonzarme o
algo que pudiera interpretarse, o al menos venderse, como una contradicción. Empezaron a llegarme
rumores. Yo había publicado en Crónicas de Lanzarote un artículo llamado El Golfo: sociedad versus políticos,
en el que hacía una semblanza de cómo los ciudadanos le habían pasado por
encima a sus políticos como una apisonadora. El artículo se publicó en papel,
pero también en la edición digital, donde un ciudadano anónimo dejó un
comentario en el que me advertía que el Ayuntamiento estaba tratando de
desprestigiarme. También me comentó algo Hildebrando. La noticia, o más bien
el rumor, me sorprendió, pero solo por mi ingenuidad y mi poco conocimiento
de los procedimientos habituales en la isla, como poco después me comentarían
varios periodistas. De hecho, el archipiélago me había sorprendido por sus
increíbles niveles de corrupción política. El periódico parecía más bien el
tablón de anuncios de un juzgado: las noticias e informes sobre comisiones
ilegales, sobornos, dimisiones forzadas, transfugismo
sospechoso, políticos ante los tribunales, y demás, eran continuas. Llamé a algunos
periodistas con los que había trabado una buena relación, y me enteré de que
el Ayuntamiento de Yaiza había remitido a los
medios de comunicación una nota de prensa sobre mí. Conseguí una copia, y fue
entonces cuando me di cuenta de a quién me estaba enfrentando: no a un equipo
de sesudos asesores apiñados en torno a su jefe, no a una organización
malvada y además mafiosa, no ante una camarilla adecuadamente vengativa, sino
ante un colectivo humano cuyo único vínculo común era su bajísimo nivel de percepción
de la realidad. La nota de prensa se metía
conmigo a cuenta de que en mi página web advierto que es inútil pretender liberar las
propiedades de la calificación de dominio público bajo pretexto de que el
suelo está calificado como urbano. Es completamente inútil venir con
argumentos de este tipo, que los tribunales han rechazado cientos de veces, y
creo que es un valioso servicio el que hago advirtiéndolo. Pero la maquinaria
intelectual del Ayuntamiento de Yaiza, cogiendo el
rábano por las hojas, entendió, vaya usted a saber por qué, que ese punto de
vista contradecía mis propuestas para reducir a veinte metros la servidumbre
de protección en el Golfo, que, como se sabe, pasa por el certificado
acreditativo de que el área era suelo urbano antes de julio de 1.988. Una
cosa y la otra nada tienen que ver, cualquiera lo entiende. Pero se ve que la
perplejidad y confusión mental que el alcalde y los suyos sufrieron la tarde
del 27 de septiembre se prolongó por unos días, como la gripe. |