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E L
A B O
G A D
O Y E
L M A R © José Ortega, 2007 NO MÁS
PAELLAS (MUESTRA DEL CAPÍTULO)
…La familia acudió en
varias ocasiones a hablar con la jefa de costas, que les dio la oportunidad
de no pasarles los costos del derribo siempre y cuando no se opusieran. En
caso contrario, los gastos correrían de su cuenta. Es decir, que les estaba
ofreciendo dinero a cambio de que renunciaran a ejercer los derechos que la
ley les reconoce. Creo que eso tiene un nombre. La familia evidentemente
no aceptó la oferta, y como castigo se encontraron con una carta de la jefa
de costas en la que se les daba traslado del presupuesto de derribo elaborado
por el ingeniero de la casa Jaime Almenar, por valor de más de 83.000 euros.
Formulé alegaciones acompañando un informe alternativo de otro ingeniero, que
reducía la cantidad aproximadamente a la mitad, pero más tarde la propia
familia encontró a una empresa que hacía el trabajo por 8.200 euros, es
decir, diez veces menos que lo prespuestado por la
Demarcación de Costas. Poco después, la familia recibió una carta en la que
se decía que había quedado aprobado el presupuesto de 83.000 euros, que el
presupuesto alternativo podía servir a los interesados, en todo caso, para
derribar por su cuenta, y que les daba un plazo de diez días para abonar la
cantidad, remitiéndose el expediente en caso contrario a la vía de apremio. Sí, sí. Les fabricaron un
presupuesto más que inflado y les coaccionaron exigiéndoles el pago inmediato
solo para socavar su voluntad de resistencia y hundirlos psicológicamente. Lo
que pretendían por cualquier medio era que la familia dejara de defenderse,
que se portaran como esclavos, como marionetas, como autómatas, como siervos,
y que renunciaran a su dignidad.
Emplearon el terror psicológico para que renunciaran a ser personas y se
transformaran en caniches. Aunque pueda parecer
increíble, durante el transcurso de los trabajos de derribo, Jaime Almenar le
dijo a Juan Bruno que el presupuesto que se había pasado era provisional, y
que tendrían que elaborar otro definitivo ¿No es extraño que se dé un plazo
de diez días para pagar un presupuesto que es provisional? ¿No confirma esto
que la única función del presupuesto inflado era amedrentar a los
interesados? Los hermanos Bruno
Espinosa concentran en su historia personal toda la bestialidad de que es
capaz del poder público cuando está inspirado. Su caso es un símbolo de la
moderna ignominia, que por fortuna ya no es la de los fusilamientos sumarios,
ni la de los Consejos de Guerra, ni la de los delitos de opinión. La moderna
ignominia forma parte del retroceso democrático que estamos experimentando a
ojos vista, en el que el Estado es un gigante que aplasta lo que sea, en
especial cuando trama alianzas con el gran capital para desembarcar en una playa virgen a fin de
pervertirla, destrozarla, desnaturalizarla o, en su lenguaje, para crear
riqueza y empleo. Cuando entré en la facultad de derecho, el
catedrático de romano nos advirtió de que podía robar más y mejor un abogado
con su maletín que toda una banda de ladrones pertrechados con armas de
fuego. He visto algo así en el caso del restaurante Pepita, en el que el
Estado ha rebajado y ha pervertido el derecho hasta convertirlo en un
instrumento de manipulación, generando falsas apariencias y creando una
escenografía hueca, a fin de conseguir unos fines ilegítimos que quizá
guardan relación con el proyecto de paseo marítimo y por lo tanto con la
futura destrucción de la playa de la Almardá. A los hermanos Bruno
Espinosa les han hecho de todo. En primer lugar se tramitaron en la zona no
uno sino dos deslindes ilegales (con perdón de la reciente sentencia) que no
les fueron notificados a ningún vecino.
En segundo lugar la recuperación posesoria se dirigió contra personas
equivocadas, distintas de los dueños del terreno y el restaurante. En tercer
lugar, cuando los propietarios
quisieron protestar, no los dejaron hablar. En cuarto lugar no se hizo
el menor caso de la solicitud de concesión, aunque se tendría que haber
asignado de oficio. En quinto lugar, se les coaccionó ofreciéndoles primero
una demolición sin coste (es decir, ofreciéndoles dinero) a cambio de no
defenderse. En sexto lugar, se les volvió a coaccionar tratando de
infundirles terror con un presupuesto inflado y ficticio y exigiéndoles el
pago en diez días, con la misma
finalidad. En séptimo lugar, la jefa de costas llegó a los límites de lo
moralmente tolerable cuando, creo que temiendo que los recursos demorasen la
demolición durante años, se atrevió a incoar un expediente sancionador. Un
expediente sancionador por el hecho de que en una parcela de propiedad
privada desde mitad del siglo XIX existe un edificio construido antes de la
ley de costas. Un expediente
sancionador por el mero hecho de existir. Lo que me queda de todo esto es algo que va
más allá de las ruinas de un edificio. Me queda una sensación como si la
justicia fuera un cubito de hielo que al principio podía retener en las
manos, pero de pronto comienza a fundirse y se me escurre por entre los
dedos, dejándome con las manos espantosamente vacías. La sociedad existe porque
quieren sus miembros, porque desean vivir juntos y en paz. La palabra
Ayuntamiento significa literalmente ajuntamiento. Pero la sociedad puede también desmembrarse
si sus miembros dejan de sentirse cómodos en su seno. Si los miembros de la
sociedad se convencen de que vivir en ella no merece la pena, esa sociedad
está herida de muerte. Llevamos mucho
tiempo escuchando que la paz es un valor supremo, pero no es cierto. La paz
es un valor superior, pero no es un valor supremo. La justicia sí lo es. No
se puede vivir sin justicia. El Estado, garante de los derechos y libertades,
no puede conducirse como una empresa privada, pisoteando la dignidad de las
personas como ha hecho con los hermanos Bruno Espinosa. |