E  L     A  B  O  G  A  D  O     Y     E  L     M  A  R

© José Ortega, 2007

 

LA PLAYA PARADÓJICA

 

(MUESTRA DEL CAPÍTULO)

 

  …Pero mi primera intervención no fue propiamente de defensa jurídica, sino de relaciones públicas. Yo estaba completamente convencido de que la nueva propuesta era tan agresiva a causa del efecto Plasencia, y por tanto que había de por medio un motivo pasional, y quizá el  lamentable equívoco de confundir al propio  Plasencia con los vecinos de Oliva. Para tratar de deshacerlo escribí una carta  al Director General de Costas, en la que daba a entender que los afectados no querían ni oír hablar de Plasencia, y reclamaba la rehabilitación del ya famoso deslinde de Reyes y Arribas. Solicité audiencia en Madrid y me recibieron el Subdirector General, José Luis Gutiérrez, y el Subdirector General de Actuaciones en la Costa, Angel Muñoz.  Gutiérrez era un viejo conocido con  buenos motivos para guardarme rencor, porque, cuando era jefe de costas de Oviedo, arruiné sus planes de urbanización de la playa de Otur, anulé sus  requerimientos de desalojo de unas viviendas situadas en el dominio público y reduje a cenizas el deslinde. Angel Muñoz había sido el jefe de costas de Alicante, y había fabricado el deslinde de Arenales del Sol, una empresa emblemática de la Administración de Costas, cuya defensa in extremis iban a encargarme los afectados  pocos meses después.

  Expliqué mis intenciones a mis ilustres interlocutores, y les entregué la carta. No obtuve ningún compromiso en el acto, ni ninguna respuesta nunca jamás.  La Administración continuó adelante, imperturbable, y las cosas se pusieron peor con el cambio de gobierno que tuvo lugar en 2004. Primero, por el advenimiento a la más alta magistratura del Ministerio de Medio Ambiente de Cristina Narbona, una mujer comprometida que pronto iba a dar muestras de su convencimiento de que la dinamita y la maquinaria pesada de obras públicas podían ser buenísimos aliados del ecologismo, en especial para despejar la playa de indeseables. Narbona era además la compañera sentimental de José Borrell, el padre intelectual de la ley de costas, y su primer brazo ejecutor. Por tanto, aunque fuera de forma consorte, con Narbona la ley de costas volvía a su esencia.

  Segundo, porque la nueva Ministra no tardó mucho tiempo en destituir a varios jefes de costas de la región de levante, según se dijo entonces, para prevenir que no respaldasen con informes favorables -o más bien amigables- su proyectos de desaladoras. Tras la jubilación de Reyes, Fernández Arribas había quedado como jefe de de Costas de Valencia. A los pocos meses del desembarco de Narbona fue fulminado y confinado en un despacho de la  demarcación de carreteras, donde no está claro si la experiencia de toda una vida dedicada a las costas le fue útil para sus nuevas actividades de papiroflexia. A Fernández Arribas le sustituyó una funcionaria que llevaba unos pocos años destinada en la Demarcación, y con la que hasta ese momento yo había mantenido una relación correcta. Frente al viejo dinosaurio, curtido debidamente y dotado de ese lúcido escepticismo que da la experiencia, Lidia Pérez rozaba los treinta años y rebosaba vitalidad y ganas de demostrar a todos,  incluyendo a sí misma, que podía hacerlo más que bien… 

 

INICIO